Wikileaks no es el nuevo Watergate

La asociación que capitanea Assange no puede compararse con un medio de comunicación

La dependencia de la financiación con publicidad ha favorecido la autocensura de los diarios

Algunos periodistas reclaman que las cabeceras reconozcan sus errores a los lectores

Aurora Muñoz

“No es tiempo de Watergates, pero en realidad nos invaden a diario hasta desactivarlos. Ni el mayor de los atropellos derriba ya presidentes, ni hace adoptar una reacción masiva. Nos hemos acostumbrado al consumismo informativo. Mueren los impactos apenas alumbrados”, reza el capítulo de Actúa –un libro colectivo sobre activismo online que firma Rosa María Artal, colaboradora de Eldiario.es y antes, presentadora de informativos y reportajes para Informe Semanal (TVE).


Esta semana se cumplen 40 años desde que el periódico The Washington Post ganaba el premio Pulitzer por su investigación en este caso, que acabó con la dimisión del presidente Richard Nixon. Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, en colaboración con el editor Ben Bradlee, se emplearon a fondo para desentrañar una trama que apuntaba a la Casa Blanca a través del Comité para la Reelección del Presidente (CRP). Ambos recibieron la ayuda anónima de un informador que se hizo llamar Deep Throat (Garganta Profunda), cuya identidad no fue revelada hasta 33 años después del escándalo.

Aquel trabajo ha pasado a la historia como paradigma del periodismo de investigación y ejemplo del contrapeso que debe ejercer la prensa respecto a los poderes públicos. “Inevitablemente, un acontecimiento de esas características amplifica su dimensión con el paso del tiempo y lo ocurrido adquiere una condición de hito. Ha contribuido al mito que la ética de los políticos se haya ido relajando. Ya casi nadie dimite hasta que no ha sido declarado culpable en un juicio. Además, por desgracia, cada día más el periodismo se hace con criterios partidistas en medio de la estrecha y espuria relación entre medios, partidos y políticos. Según la ideología que marca la línea editorial de cada medio, se magnifican los supuestos escándalos de los adversarios políticos y se minimizan o se obvian los escándalos de los políticos afines”, analiza Fran Sevilla, corresponsal de Radio Nacional en América Latina.

La vicepresidenta de Reporteros Sin Fronteras, Macu de la Cruz, no escatima en alabanzas a los periodistas que llevaron a cabo la investigación. Para ella no hay relativismo posible. “Aquellos profesionales demostraron que el presidente de Estados Unidos había abusado de su poder para espiar a sus rivales políticos, gastando fondos públicos en ello y, de paso, que el Partido Republicano recaudaba y gastaba fondos de modo ilegal. La consecuencias de su investigación no fueron sólo políticas. Dejaron claro ante la sociedad el valor de la información libre como un pilar de las garantías democráticas”, sostiene. En su opinión, cualquier tiempo pasado fue mejor. “La filtración de los cables diplomáticos de Estados Unidos no es comparable al Watergate. En absoluto. Podría decirse que es, prácticamente, un caso que se sitúa en las antípodas de éste”, advierte De la Cruz en alusión a Wikileaks.

“Los periodistas de The Washington Post fueron un ejemplo de honestidad profesional y la fuente, que resultó ser el responsable del FBI, fue protegida por encima de todo. En cambio, la asociación sin ánimo de lucro que capitanea Julian Assange no puede compararse con un medio de comunicación, puesto que ni siquiera garantiza cómo se lleva a cabo la investigación. Eso por no mencionar las oscurísimas y dudosas intenciones de su transmisor”, valora. Esta profesional, que ha desarrollado la mayor parte de su carrera en Radio Nacional de España (RNE), limita la relevancia de Wikileaks a “chascarrillos diplomáticos” que no han servido para depurar responsabilidades, a pesar del revuelo que pudieran ocasionar algunas frases.

Artal defiende la utilidad de la publicación de aquellos cables. “No fue tan inocuo para el poder como se quiere ver ahora. Fue uno de los factores que desencadenó la Primavera árabe. Las filtraciones de Wikileaks dieron carta de certeza a lo que era un secreto a voces: la inmensa corrupción de los dirigentes de la zona”, destaca. La periodista fija su mirada en los documentos que destaparon el omnímodo poder de la esposa del dictador tunecino, Ben Ali. “Tras 23 años en el cargo y enfermo de cáncer, Ali consigue para la familia propiedades que equivalen al 60 por ciento del PIB de Túnez. Los papeles reflejaban la imagen de un líder con patológica avidez de enriquecerse y, este punto, sumado a la indignación latente en su pueblo, encendió la chispa de la revolución”, recuerda.

Assange vendió al mundo que su gesto representaba el summum de la democratización de la información. Colgó en la Red una cantidad ingente de documentos para que cualquiera pudiera consultarlos pero, antes, requirió los favores interpretativos de cinco grandes medios de comunicación: The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País.

“Las condiciones del trabajo que conllevó el tratamiento de los cables de Wikileaks fueron muy diferentes a las del Watergate. En este caso hubo una gran filtración, y luego fueron los periodistas de diferentes medios internacionales los que trabajaron los datos contextualizándolos y valorándolos según su criterio. Sin esa labor, los brutos que proporcionó Assange no se hubieran podido llamar investigación periodística”, expone Malén Aznárez, presidenta de Reporteros Sin Fronteras en España.

Esta puesta en valor del esfuerzo de los profesionales que analizaron los documentos de la plataforma online no evita que Aznárez exprese sus dudas sobre la calidad de los trabajos que se realizan actualmente en las redacciones. “Hoy sería muy difícil llevar a buen término una investigación como la que hizo The Washington Post. La crisis económica que tanto está afectando a los periódicos ha eliminado casi totalmente este tipo de grandes pesquisas periodísticas. Un trabajo realizado por dos periodistas durante meses, al principio sin grandes resultados, y totalmente apoyado por la dirección del medio, pese a las numerosas presiones que todos soportaron para que no se publicara la información, es prácticamente inconcebible en nuestro contexto”, admite.

La ética periodística

El fotoperiodista de El Heraldo de Aragón, Gervasio Sánchez, apela a la ética periodística. “Katharine Graham, entonces dueña del periódico, estuvo dispuesta a jugársela por sus periodistas y no estaba dispuesta a ceder ante las presiones, aunque era amiga personal de Nixon. Eso, que pasó hace 40 años en un medio de provincias, no sucedería en la prensa española de nuestros días”, afirma. “Si un redactor tratase de destapar un escándalo relacionado con un gran empresario o banquero que mantiene unas relaciones impúdicas con determinados diarios, los propietarios del rotativo impedirían su publicación”, asegura este corresponsal de guerra.

El País renunció a investigar el caso GAL porque existía una fuerte unión entre el presidente del Gobierno, Felipe González, y los directivos de PRISA. Ese ejercicio de irresponsabilidad no es comparable ni siquiera con el momento más bajo de la prensa estadounidense, que coincidió con las mentiras de George Bush con respecto a la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Todas las grandes cabeceras se tragaron sus argumentos pero, cuando se dieron cuenta de que el presidente los había engañado, pidieron perdón a su audiencia y trataron de recuperar su prestigio. Ninguno de los medios españoles ha pedido nunca perdón a sus lectores”, denuncia el periodista, que recientemente tuvo un duro enfrentamiento con el diario cabecera del grupo PRISA.

Guillermo Altares, periodista de la sección de Internacional de El País, defiende la labor de su periódico. “Ha habido investigaciones muy significativas en la prensa mundial desde el Watergate y los papeles de Bárcenas me parece un buen ejemplo, aunque en España la más espectacular que recuerdo de las últimas décadas fue el desenmascaramiento del exdirector general de la Guardia Civil, Luís Roldán, en Diario 16″, apunta. Altares destaca también el trabajo que está haciendo Mediapart en Francia, cuyas pesquisas ya han hecho dimitir a un ministro clave del Gobierno Hollande. “Hay mucho periodismo de investigación y muy bueno, también a través de iniciativas como propública pero reconozco que nunca ha ocurrido nada tan importante en el periodismo desde entonces”, puntualiza.

El excorresponsal de Radio Nacional en Bruselas, Alfonso Sánchez, es más optimista con respecto a la salud de la prensa. “Se han producido filtraciones destacadas y, en algunos casos, han tenido consecuencias graves para los afectados. Mariano Rubio -exgobernador del Banco de España- y Gabriel Urralburu -expresidente de Navarra- se las vieron con el cuarto poder y perdieron”, argumenta. “Es cierto que el periodismo de investigación es un tipo de información costosa y las empresas no están muy dispuestas a apostar por ella, ya que requiere recursos y paciencia para recoger los frutos. Sin embargo, está demostrado que cuando algún diario destapa un asunto de prácticas presuntamente delictivas, aumenta las ventas. Véase El País con los papeles de Bárcenas, o de El Mundo con el caso Noos. Esto demuestra que hay interés por conocer, veremos si también luego lo hay por actuar en consecuencia”, concluye. La cultura democrática de cada nación se mide en los quioscos.

Fuente: http://www.zoomnews.es/48137/actualidad/mundo/podria-repetirse-investigacion-periodistica-como-del-watergate

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