La colonia ecuatoriana se cita en Madrid para ejercer su derecho al voto

Más de 3.000 ecuatorianos se quedan sin votar tras hacer una cola de dos kilómetros

Los ciudadanos que no participen en los comicios podrían afrontar una multa de 70 dólares

Algunos candidatos denuncian irregularidades en la recolección de votos en España

Aurora Muñoz

Casi la mitad de los emigrantes ecuatorianos residentes en el extranjero (47,6%) votaron ayer desde España para elegir al presidente de su país y al vicepresidente, así como a los miembros de la Asamblea Nacional y del Parlamento Andino. Para ejercer su derecho debían acudir con su pasaporte y su certificado de empadronamiento a uno de los 17 recintos electorales habilitados al efecto y depositar su papeleta en la correspondiente junta receptora. Se han habilitado 287 en todo el país, la mayoría en grandes urbes como Madrid y Barcelona, pero también en otras ciudades de menor envergadura que concentran en su padrón a más de 500 ecuatorianos, como es el caso de Granada, Murcia, Alicante y Sevilla. Toledo, por ejemplo, se estrena estos comicios como receptora de votantes del país que gobierna Rafael Correa. La instalación de esta nueva sede le ha ahorrado el traslado a muchos ecuatorianos, pero ni siquiera eso ha evitado que el colapso en la capital español.

A las 7.00, todo estaba listo en el Palacio de Congresos de Casa de Campo. Seiscientos miembros de las mesas electorales esperaban a su clientela desde sus puestos, rodeados por cajas de cartón con una leyenda grabada: “El voto es secreto”. “Es curioso. Aquí se esperan por darles a ustedes una sensación de transparencia que en nada se parece a lo que tenemos allá”, comenta Ángel, un ecuatoriano que lleva más de una década en España. “Siempre se han comprado votos. Recuerdo que, en mi pueblo, había unos muchachos que iban ofreciendo diez dólares a quien diese el suyo a Correa. El que no los cogía era medio bobo”, dice encogiéndose de hombros mientras se dirige a la junta receptora.

Él, en cualquier caso, vota por el actual presidente, como lleva haciendo durante media vida. “Mire que le digo: no hay un político limpio, pero al menos el señor Rafael está mirando por los de afuera”, sentencia. “Mis hermanas cuentan que va a reclutar a los médicos que se nos fueron para que trabajen en nuestro país con el mismo salario que tienen aquí. Eso es bien hermoso. Está canalizando aguas, construyendo buenas carreteras y le ha parado los pies a sus bancos. El Pichincha [una entidad ecuatoriana] quiso comprar las deudas de nuestros compatriotas a las sucursales de acá para luego ir a pedirles la plata de sus hipotecas al otro lado del charco y nuestro Correa les dijo que, si venían con esas, se andarán lejos. Si señorita, yo cogeré el boleto para que nuestro presidente siga electo”, argumenta con orgullo. Mientras hace su alegato, un espontáneo, ataviado con un sombrero de paja toquilla, le grita desde el otro lado de la acera: “¡Venimos por Correa! Diga que sí, hermano”.

Ellos acuden a la cita convencidos. Deben de estarlo, porque la cola da la vuelta al recinto a las 12.00. Los ecuatorianos representan la tercera comunidad inmigrante y extracomunitaria más numerosa de España. En el país residen actualmente  unos 400.000 ecuatorianos, de los cuales 135.475 han solicitado su empadronamiento en el exterior. Solamente en Madrid estaban llamados a las urnas 44.800 personas. Eso se traduce en una aglomeración inevitable, aunque la muchedumbre se lo toma con filosofía. Amenizan la espera con voceros que ofrecen su mercancía para aplacar el hambre. “¡Empanadas calientes, aplanchaditos y morocho recién hechecito!”, pregona una chica desde la retaguardia de un furgón del que salen deliciosos olores a repostería itinerante. Yessenia le hinca el diente a un bolón de verde al tiempo que se confiesa ajena a todo ese entusiasmo. “Yo vengo para ahorrarme la multa, mi hija”, cuenta. “El voto es una obligación para nosotros, no un derecho. Si no venimos a echar la papeleta, nos levantan 70 dólares”, protesta. En efecto, Ecuador se rige por sufragio obligatorio. Si un elector cualificado no se presenta en una junta electoral, puede ser castigado con multa, servicios comunitarios o hasta con prisión.

El cónsul del Ecuador en Madrid, Gustavo Mateo, puntualiza este supuesto. “La penalización existe, pero no se hace efectiva en todos los casos”, reconoce. “Aquellos que no hayan cambiado su domicilio electoral y continúen inscritos en Ecuador, tendrán que afrontar sus obligaciones. Sin embargo, aquellos que se hayan registrado como residentes en el extranjero, son invitados a depositar su papeleta, pero el Estado no se lo exige”, aclara. Las palabras del cónsul no calan en las mesas electorales, donde remiten a todos aquellos que no aparecen en las listas al expositor de información para que reclamen allí un justificante de asistencia.

Eso es justo lo que hace Arquímedes, un veinteañero que viste la camiseta del Barcelona de Guayaquil. “Escúcheme, señora. No me vuelva a mandar a la cola. Le estoy diciendo que necesito un papelote de esos que tienen ahí para que no me pidan cuenta cuando vuelva. Ya sabe usted que allá piden el certificado de votación para cualquier trámite”, alega con desesperación. Los delegados políticos andan a voz en grito en la mesa contigua, pidiendo cuentas a los organizadores porque aseguran que no se le está permitiendo ejercer el derecho al voto a gente que está apuntada en las listas. La azafata trata de tranquilizarlos. “Vamos a investigarlo, pero les adelanto que debe ser una confusión. Mucha gente piensa que basta con estar inscrito en el consulado pero, además, deben haber cambiado su domicilio electoral”, especifica.

Siete candidatos se disputan la presidencia, entre ellos el banquero Guillermo Lasso, el excoronel Lucio Gutiérrez y Rafael Correa, el actual presidente de Ecuador desde 2007, un economista de izquierdas. A algunos compatriotas no les convence ninguno de los grandes nombres. “Nosotras pintaremos la papeleta con el nombre de Héctor Acosta, El Torito, para que se resientan”, espeta María Fernanda mientras se abanica con su pasaporte. “Hace muchísimo calor en este sitio. Nos tratan como ganado. Pues bien, le haremos saber al presidente que es preferible votar por alguien que cante bonito y no sepa nada de política, aunque no se haya presentado. El pueblo lo encumbrará”, manifiesta. La mujer pronuncia estas palabras mientras, a su espalda, un séquito de palmeros aclama a Francisco Mayorga, candidato del Partido Sociedad Patriótica (PSP) a la Asamblea Nacional de Ecuador por la circunscripción de Europa, Asia y Oceania. Una de las organizadoras del evento, exasperada, recuerda las pautas a los guardias de seguridad. “Os he dicho una docena de veces que el candidato pasa solo, en silencio. ¿De dónde ha salido este ejército de plañideras alegres?”, se queja. Los vigilantes se miran los unos a los otros, confundidos.

Esta puesta en escena propagandística, que no deja de ser anecdótica en Madrid, adquiere otra dimensión en juntas electorales de otros puntos de la geografía española. “Nos han llegado noticias de que en Barcelona están dejando votar a gente que no figura en el censo electoral y la sede de Granada está forrada de propaganda gubernamentalista. Es una vergüenza”, denuncia Pedro Pablo Duart, candidato del Partido Social Cristiano (PSC) a la Asamblea Nacional del Ecuador por la circunscripción de Europa, Asia y Oceanía. El político se confiesa preocupado por la desorganización de estos comicios. “El año pasado tenían que votar en Madrid 10.000 ecuatorianos menos y se eligió una sede mucho más grande, en el Palacio de Vista Alegre. No acierto a entender por qué se ha hecho aquí este año. No se cabe”, dice con consternación.

A las 13.00 se habían recogido 10.000 papeletas, un 20% de los posibles votos. Duart miraba con nerviosísmo el reloj. Ya entonces expresaba su temor a que mucha gente se quedase sin ejercer su derecho. La propia organización pregonaba por megafonía, una y otra vez: “Aquellos que ya hayan depositado su papeleta, por favor, salgan del edificio para que otros puedan hacerlo”. En la Casa de Campo no se daba abasto. “El voto emigrante es fundamental. Tenemos una gran responsabilidad democrática y velaremos porque todo salga bien”, le tranquilizó el cónsul, pero el ritmo no se aligeró. Al cierre del colegio electoral, se sólo habían escrutado 27.000 votos y más de 3.000 ecuatorianos se quedan sin ejercer su derecho tras hacer una cola de más de dos kilómetros, según informan fuentes de la embajada ecuatoriana. La Policía eleva la cifra a 5.000. “No sé a qué tanto drama”, dice Luís Alberto, un jardinero en paro que está agotando sus últimos días en España para iniciar el papeleo para acogerse al retorno voluntario. “Ganará Correa. No hay quien lo mueva de la silla”, concluye. 

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