De profesión, todólogo

La formación de los comentaristas ha perdido relevancia frente a su experiencia

Las cadenas han bajado considerablemente el sueldo de los participantes en debates

La audiencias avalan este formato económico y polémico

Aurora Muñoz

Artur Baptista da Silva era el tertuliano perfecto. Tenía el gesto severo y una facilidad de palabra que se cotizaba alto en los medios. El único problema era que nunca fue quien decía ser. Según cuenta El País, se trataba en realidad de un expresidiario que había sido condenado en varias ocasiones por falsificar documentos y, cuando salió de la prisión de Lisboa, no perdió el tiempo. Se dedicó a pasear una nueva identidad por Portugal. Un traje de chaqueta le sirvió para disfrazarse de economista experto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y contar, a quien estuviera dispuesto a escucharle, que andaba por el país luso con la misión de elaborar un informe sobre la salida de la crisis de los países de Europa del sur. La percha le salió de lo más rentable. Pronto se convirtió en conferenciante profesional y dio el salto a los debates televisivos.


“Después de ver lo ocurrido con Amy Martín, la inexistente experta en política internacional de la Fundación Ideas, igual habría que repasar algunos currículos en España”, advierte con tono burlón Javier Valenzuela, exdirector adjunto de El País y nuevo fichaje de infoLibre. Hace apenas dos años, publicó un libro titulado Usted puede ser tertuliano, en el que narra el esperpento mediático de este país como excusa para hilvanar los sucesos políticos más relevantes de las últimas tres décadas. Su opinión sobre los coloquios televisivos se ha fraguado a fuego lento. “Las tertulias políticas, del corazón o deportivas son baratas. Permiten ahorrar grandes costes de producción a las cadenas y este presupuesto se sustituye por los, cada vez menos, cientos de euros que pagan a los comentaristas. Pero es que, además, gustan al público”, señala.

Somos los herederos de los corrales de comedias del Siglo de Oro. Nos gusta discutir y ver a otros enzarzarse con el lenguaje. Javier Algarra, director de Informativos y del programa El gato al agua, de Intereconomía, lo confirma. “Nos encontramos en un momento de crisis tremendo. La actualidad política y económica generan una gran demanda de información y, aunque las audiencias la buscan por su cuenta, reclaman también un espacio donde puedan escuchar a alguien con quien compartan opinión y les dé argumentos que a ellos no se les hubieran ocurrido para defender su postura”, apunta.

Él es el encargado de seleccionar esas voces. “Los expertos son sólo para los Informativos. Si entra en erupción un volcán ahora mismo, llamamos a un vulcanólogo que nos cuente de primera mano el riesgo que puede implicar su actividad. Las tertulias requieren algo diferente. Los comentaristas tienen que ser capaces de hacer razonamientos rápidos, ágiles y de manera directa”, explica.

A estos requisitos, se suman dos más que añade Chelo Sánchez, profesora de la facultad de comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca y autora de un capítulo sobre tertulianos en el volumen Periodismo sin información. “Un tertuliano, igual que un buen periodista, debería poder hablar de cualquier tema de actualidad con dos premisas como punto de partida: tener información sobre el tema y el criterio suficiente para hacer un diagnóstico o plantear una hipótesis”, aclara.

No todo el mundo se conforma con estas armas. Blanca Muñoz, profesora de Sociología de la Comunicación en la Universidad Carlos III de Madrid, pone en duda que los habitantes habituales de estos espacios encarnen una versión actualizada del humanista. “Estos opinólogos se venden como un ejército de Leonardos Da Vinci que saben de todo, cuando lo cierto es que la mayoría sólo tienen la carrera de Periodismo y no suelen estar especializados en ninguno de los temas de los que se atreven a opinar”, critica.

Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, se mueve en la misma línea. “Hablan con total rotundidad, sentando cátedra, como si se tratase de una representación teatral, una gran farsa, donde los tertulianos más feroces y contrarios se dan la mano y se van de cañas cuando acaba el show“, declaró a Radio Malva con motivo de la presentación de su obra Contra los tertulianos.

El triunfo del infoentretenimiento

En esta entrevista, Taibo compara las reacciones airadas de los comentaristas con las de los políticos. “Los principales partidos políticos se esfuerzan por demostrar y visibilizar una fuerte discrepancia en vistas a la necesaria competencia electoral, a pesar de que realmente están de acuerdo en los principales asuntos que nos afectan. Lo mismo sucede en las tertulias”, opina.

El politólogo recuerda cómo, durante un debate televisivo al que fue invitado con motivo de las elecciones presidenciales en Estados Unidos (EE UU), el moderador aprovechaba los descansos para pedirles más vehemencia en sus argumentaciones. “Nos puso como ejemplo el programa de la semana anterior, que había versado sobre el aborto. Una integrista católica y una proabortista estuvieron a punto de llegar a las manos coincidiendo con el punto de máxima audiencia”, relata.

A Javier Valenzuela le preocupa esta deriva. “La crispación de la política española nos lleva a posiciones cada vez más guerracivilistas. Si sumamos esta tendencia a que el periodismo se ha dejado contagiar en exceso por el entretenimiento, el espectáculo está servido. Las cadenas, siguiendo el ejemplo de los programas del corazón, han encontrado en la interrupción, el exabrupto y el abandono de plató un instrumento comercial”, reconoce.

Una rentabilidad cuestionable

Los medios hacen su negocio… y los profesionales, también. “Ser periodista y actuar como tertuliano, para empezar, es mucho mejor que trabajar”, confiesa Alfonso Rojo, en un vídeo que se publicó en la web del diario Qué!. “No sé si todo el mundo podría vivir de las tertulias de televisión, pero yo podría hacerlo perfectamente. Se puede ganar mucho más dinero como tertuliano de televisión que siendo reportero de guerra. En los últimos años he ganado mucho más haciendo bolos en televisiones y radios de lo que nunca cobré jugándome la vida en Afganistán, Irak o en los Balcanes. La diferencia es que esto último es para siempre y los debates duran muy poco tiempo.  En cuanto pasas de moda, todo se acaba”, aclara.

En cualquier caso, la crisis también ha hecho mella en este formato y la nómina de los comentaristas ya no es tan desahogada como antes. “Hay mucha literatura, pero lo cierto es que este trabajo se paga más mal que bien”, advierte el periodista Javier Ruíz, que participa en debates de Televisión Española, Telecinco y la Cope. Algarrra, director de El gato al agua, confirma que algunos de sus colaboradores ni siquiera cobran. Otros espacios, en la televisión pública, han rebajado su presupuesto a la mitad en menos de un lustro, dejando la minuta en 200 euros por programa.

El currículo del buen tertuliano

“Un periodista debe mantenerse en contacto con las fuentes, ir a las ruedas de prensa y seguir redactando. Por eso, aunque se pudiera vivir de las tertulias, no sería lo más recomendable”, puntualiza Ruíz. Rojo va un paso más allá. No considera que el oficio de tertuliano sea una actividad puramente periodística. “Está a medio camino entre el show business, el espectáculo y el periodismo, aunque tiene más de lo primero que de lo segundo”, valora.

Valenzuela añade algunos matices. “Hay algunas tertulias que combinan bien la información con el análisis y la opinión. Pienso, por ejemplo, en los Desayuno de TVE en los tiempos de Pepa Bueno“, indica. Chelo Sánchez prefiere volver la vista atrás a tiempos mejores. “En los 90, los años dorados de la tertulia radiofónica, los integrantes de estos espacios eran mucho más poliédricos. Las emisoras invitaban a representantes de diferentes ámbitos sociales como la política, la literatura, la Iglesia y el asociacionismo”, rememora. Jesús Hermida introdujo este formato en Televisión Española con Su turno, el primer programa que colgó el cartel: “Las opiniones expuestas en este espacio pertenecen a quienes las expresan. El programa no se identifica necesariamente con ellas”.

Los Desayunos de Televisión Española son la versión actualizada de aquel debate pionero. Joaquín Estefanía, exdirector de El País, participó en ellos hasta hace unos meses y mantiene que la cualificación de los participantes sigue cuidándose con mimo. “Se exige ir bien preparado y si no, no sobrevives a un proceso de selección. En cualquier caso, hay que estar preparado para decir en un determinado momento: ‘De eso no sé nada’ o ‘A la vista de los argumentos de mis compañeros de tertulia, he cambiado de opinión'”, comenta. Ruíz apela a la experiencia como acreditación. “Nunca me han pedido ningún título, pero doy por hecho que no les interesa lo que tengo colgado en la pared, sino mi reputación pública como analista económico”, argumenta.

Ambos admiten que el poder mediático contamina el diálogo. “Las tertulias son como reuniones de amigos. Uno no está siempre igual de acertado en lo que dice pero, al margen de esto, es cierto que la cadena marca una intencionalidad con la elección de ciertos temas y nombres, cada cual con sus correspondientes decibelios”, concluye. Carlos Taibo tampoco exonera al público. “No nos engañemos, si existen estos espectáculos es porque tienen audiencia y la gente los ve. De modo que, por mucho que seamos víctimas en muchas ocasiones de las materias que se nos imponen, también tenemos una clara responsabilidad en el mantenimiento de este tipo de contenidos”, comentaba en la presentación de Contra los tertulianos.

Fuente: http://www.zoomnews.es/actualidad/sociedad/tertulianos-dominan-universo-televisivo

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