La cara amarga de la beca Erasmus

El bajo importe de la beca supone tener que hacer frente a un importante desembolso

La burocracia y las gestiones de las matrículas resultan difíciles y farragosas

La convivencia entre Erasmus que compraten apartamento no siempre es fácil

A. Rodríguez / A. Muñoz

“Mi experiencia Erasmus, en general, fue mala”. María representa la cara amarga. Esa de la que muy pocos hablan cuando vuelven. La viguesa estudiaba Publicidad en Pontevedra cuando le concedieron una beca Erasmus en 2009 para irse a Roma. En septiembre desembarcó en la ciudad eterna y pese a contar con una beca anual, en enero hizo las maletas y regresó a España definitivamente. Un cúmulo de obstáculos fueron los que le impulsaron a tomar esta drástica decisión.

“Mis compañeros de piso eran muy conflictivos y no me hacían la convivencia fácil”, cuenta María. “No iban a la universidad, estaban todo el día de juerga y cuando volvían de madrugada lo hacían con el megáfono en la mano”, recuerda. A la viguesa le costaba llevar una vida normal y la incompatibilidad de caracteres le llevaba a tener discusiones constantes con sus compañeros.

En Italia no existe la carrera de Publicidad como tal y por ello, María tuvo que matricularse en asignaturas que no tenían mucho que ver con su carrera. “En los meses que estuve allí no aprendí nada de lo mío”, asegura. Además, sus coordinadores desde España llegaron a decirle que probablemente no podrían convalidarle las asignaturas a las que se había matriculado, esas mismas que unos meses antes habían firmado en el acuerdo de estudios. “La idea de que podía perder un año académico me agobiaba mucho”. La poco generosa beca y los altos precios de los apartamentos en Roma tampoco ayudaron a María a sentirse cómoda. “Recibía 350 euros de la beca al mes y tenía que pagar 380 al casero por una habitación compartida. No me daba para vivir allí”.
La UE abona 110 euros al mes a los estudiantes que se acogen al programa Erasmus y que ingresan en un curso universitario y 300 a los alumnos en prácticas. Estas ayudas europeas se complementan con las estatales y, en algunos casos, de las Comunidades Autónomas. En el curso 2010-2011, el Ministerio de Educación aportaba 172 euros mensuales por estudiante, pero ya el año pasado los Erasmus recibieron 150, cifras que podían aumentar según el país de destino y si los estudiantes estaban becados durante la carrera. Este nuevo curso se espera que los recortes financieros aplicados en el Ministerio hagan mella sobre las ayudas.
Enrique Javier López, director del Centro Internacional de la Universidad de Sevilla, fue el antecesor de los Erasmus. “Cuando estudiaba Geografía e Historia, también me fui al extranjero, en 1985. Entonces todo era mucho más difícil. Tenía que trasladar mi expediente a otra universidad, mientras que ahora, sólo tienen que hacer una tabla de convalidaciones”.
La nueva generación de becarios europeos tiene las mismas quejas que sus predecesores. Yolanda Amado, natural de Valdoviño (A Coruña) lleva dos meses en la ciudad alemana de Bremerhaven. No lo tuvo fácil al principio. “En la universidad no nos ayudaron en prácticamente nada. El piso y el papeleo lo tuvimos que arreglar solos. La coordinadora no se entera de mucho”, cuenta. “Llegamos con una matrícula cerrada y nos encontramos con que no existían ninguna de las asignaturas”, añade. En el mismo país se encuentra Laura Muñoz, una estudiante granadina de Informática que se integró en septiembre a la comunidad universitaria de Darmstadt. Sus dolores de cabeza en el arranque de la experiencia tienen mucho que ver con su bolsillo. “La beca nos va a llegar muy tarde (al final del curso o, con suerte, a mediados) y el hecho de no saber cuánto nos van a dar me fastidia. Está suponiendo un esfuerzo económico grandísimo”, protesta.

Alejandra Amigo se fue con la beca el año pasado a Florencia. “Para nada fue la experiencia de mi vida. Fue un año con más de lo mismo, pero en un contexto diferente”, dice rotunda. “Me fui a Italia a continuar mis estudios de Arquitectura, y si me quejaba de lo mal que funcionaban las cosas en España era porque no conocía la burocracia italiana. Un horror”, zanja molesta.
Desde la propia administración universitaria también hay críticas. M.S. trabajó durante un año en el departamento de prácticas para Erasmus de la Universidad Autónoma de Madrid y reconoce que los trámites administrativos son lo más parecido a las Doce pruebas de Astérix. “Es una selva de papeleo, antes y después. La cuestión es que, en cuanto se van por la puerta, ya no sé cómo les va ni si les pagan”, admite. “Al final, el que tiene que preocuparse por su beca es el alumno”, resume.

Fuente: http://www.zoomnews.es/actualidad/sociedad/cara-amarga-beca-erasmus

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