La ciudad prohibida

ciudad prohibida

La arquitecta Ana Bofill lo tiene claro: las mujeres inventaron la ciudad.”Fue una conquista paulatina del espacio. Se establecieron en asentamientos pacíficos donde ellas se dedicaban a la agricultura y al cuidado de los niños, mientras que los hombres iban de caza. (…) El cambio llegó cuando los varones se hicieron sedentarios y comenzaron las conquistas. Las polis dejaron de ser estructuras para la convivencia y pasaron a reorganizarse de forma defensiva”, recoge Bofill en una ponencia para el II Seminario Internacional de GeneroUrban: Infraestructuras para la vida cotidiana.

La arquitecta da un salto histórico y se sitúa en nuestros días para explicar como aquel modelo evolucionó hasta derivar en las urbes modernas: “La ciudad industrial se dio mucha prisa en crecer y se produjo una nueva ruptura del equilibrio. Los barrios se han especializado, se han separado de las grandes arterias y no se respeta el movimiento de las personas, obligándoles a mantener un ritmo productivo, no biológico”.

Bofill sostiene que los actuales planes de ordenación del suelo están ideados por urbanistas masculinos, que diseñan el espacio a la medida de las necesidades de la rutina diaria de los varones. Las mujeres, que desarrollan una pluralidad de funciones, sufren serias dificultades para poder realizar las tareas cotidianas, basadas fundamentalmente en un número importante de desplazamientos dentro del barrio.

Pilar Vergara, autora del ensayo Las mujeres de la calle y la calle de las mujeres. La conquista de la calle, relaciona la utilización intensiva que las mujeres hacen de su entorno más cercano con los mapas mentales percibidos por el colectivo femenino: “El auto-aprendizaje del espacio desde la infancia es un elemento fundamental a la hora de reconocer el espacio que nos rodea. Está comprobado que a las niñas se les da mayor protección que a los niños, que disfrutan de libertad para explorar lo desconocido a una edad más temprana”. Quizás por eso, García Ballesteros y Bosque Sendra propugnan enEl Espacio Subjetivo de Segovia (1989) que los hombres conocen una mayor extensión de la ciudad donde viven, mientras que las mujeres no suelen alejarse más allá de ocho kilómetros desde su residencia.

Marta Domínguez, coordinadora del master en Sociología de la Población, el Territorio y las Migraciones, cuestiona que este comportamiento esté relacionado con condicionantes biológicos o roles aprendidos. Desde su punto de vista, la movilidad de las mujeres está relacionada con su actitud frente a los lugares prohibidos. “Muchas mujeres se muestran inseguras cuando tienen que caminar por espacios subterráneos como el metro o por zonas poco iluminadas porque se sienten más expuestas a sufrir una agresión”, comenta. Esta observación se ve respaldada por una encuesta realizada por la revista Brigitte, donde se recogía que un 53% de las mujeres no salen solas de casa durante la noche, mientras que solo un 10% de los varones hacen lo propio en la misma situación.

La plataforma política de mujeres Plazandreok diseñó en 1996 un mapa de Donostia donde recogieron los espacios que 200 mujeres de la ciudad señalaron como prohibidos porque les resultaban inseguros  o de difícil acceso. Otra iniciativa para vencer el miedo son los taxis rosas que han comenzado a circular en Barcelona después de su buen funcionamiento en ciudades como Londres, Dubay o México DF. Se trata de una línea de servicio que solo puede contratarse por teléfono y va dirigida únicamente a clientela femenina y a niños menores de once años. El vehículo lleva una conductora al volante para cubrir las necesidades de quienes no deseen subirse con hombres en los taxis, ni esperar en la calle. Una solución intermedia sería el programa canadiense Entre dos paradas, que se implantó en Montreal en el año 2000. Consistía en mejorar la iluminación de las bocas de metro y poner en funcionamiento un servicio permanente que permitiese a las mujeres bajarse de los autobuses urbanos entre dos paradas por las noches, para así estar más cerca de sus destinos.

Una encuesta de transporte del Instituto de Estudios Regionales y Metropolitanos de Barcelona de 2006, realizada bajo la dirección de la investigadora del GEMOTT Carme Miralles-Guasch, revela el mayor uso que hacen las mujeres del transporte público (un 22,6% frente al 16,3% de los hombres). Esto no quita que la geógrafa mantenga una visión critica con respecto a propuestas paternalistas. “Estas divergencias entre las pautas de movilidad femenina y masculina se están acortando en la medida que, cada vez más, las mujeres incrementan su presencia en la motorización privada. La actitud individual también es clave para evitar segregaciones y exclusiones”, explicaba ayer en el Congreso Latino-americano de Geografía del Género: Espacio, Género y Poder que se celebra esta semana en Río de Janeiro.

Zaida Muxi, profesora de la Escuela Técnica superior de Urbanismo de Barcelona y miembro del colectivo Punt6, insiste en que hay que pensar una ciudad de distancias cortas. “Las madres trabajadoras requieren facilidades para poder desdoblarse entre la oficina y el hogar “, indica. La arquitecta considera que una solución sería dar prioridad a los transportes públicos y a los peatones en la ordenación urbana. “Las grandes ciudades están planificadas de forma que las zonas peatonales existen por exclusión del espacio que ocupan los automóviles. Parece incuestionable que se dedique el grueso del presupuesto a autopistas, aeropuertos y parques empresariales, que están estrechamente relacionados con la creación de riqueza. Sin embargo, toda esta estructura económica no se sostendría sin el trabajo no remunerado de quienes cuidan de las familias, sean hombres o mujeres”, sostiene Muxi.

“Es necesario invertir más en lo que los urbanistas llamamos espacio cercano: aceras, plazas, marquesinas, guarderías, colegios y pequeñas tiendas”, apoya Domínguez. La socióloga coincide con Muxi en que las macroestructuras han deshumanizado las urbes: “Las ciudades han crecido de forma desnaturalizada, por pura rentabilidad económica. Esto provoca que todo esté lejos y sea enorme: los parques, los campus universitarios, los centros comerciales, las zonas residenciales y los polígonos industriales. No nos queda más remedio que desintegrar las familias y aislarnos para cumplir con nuestras obligaciones”.

Marta Dóminguez añade que este modelo disfuncional se ha colado hasta en nuestras casas: “La mayoría de los pisos que se diseñan actualmente no tienen ni siquiera un tendedero. El esteticismo está dejando atrás la vida real”. “Los espacios deberían estar menos jerarquizados”, añade la arquitecta Zaida Muxí: “La cocina deber ser amplia, para permitir que más de uno trabaje a la vez, integrada con un comedor, con posibilidad de cerrar ese acceso y con ventanas al patio donde juegan los niños”.

Barrio_Eiris_Abaixo
Los Ángeles es el mayor ejemplo de ciudad interiormente segmentada. Tanto es así que ha dado pie a un nuevo concepto, el de heterópolis, acuñado por C.Jenks en 1993. “La heterópolis es la ciudad en la que conviven sin mezclarse grupos étnicos, poderes económicos y estilos de vida diferentes sin que ninguna domine lo suficiente para imponer su orden”, cita la catedrática de sociología María-Ángeles Durán en el ensayo La ciudad compartida. Esas alambradas invisibles entre sus comunidades la alejan del ideal.

La urbe perfecta tendría compartidos al 50% los espacios públicos y privados entre ambos sexos. Eso incluiría el callejero y los monumentos, que actualmente están erigidos en su mayoría a hombres. “El sistema patriarcal empodera ámbitos masculinizados como el comercio o la política, de los que hemos sido excluidas tradicionalmente. Pocas mujeres han subido a esos altares laicos y algunas de ellas han pasado a la historia con connotaciones negativas, como Juana La Loca. Dudo que si hubiese nacido hombre se le hubiese considerado demente”, defiende Zaida Muxi.

Domínguez pone el acento en los micromachismos que quedan fijados en muchas estatuas. Es el caso del Monumento a las mujeres, que representa a una mujer barriendo. Está situado en Bobo-Dioulasso (435.000 habitantes), la segunda ciudad en importancia de Burkina Faso, después de la capital, Ouagadougou. En la página oficial de la ciudad hacen esta mención al monumento: “Plaza de la mujer, situada a la entrada de Bobo, sobre la ruta de Ouagadougou. Está dedicada a la mujer, para rendirle homenaje a través de su rol en la sociedad”. En España tampoco nos libramos de estos mensajes subliminales. Por ejemplo, Ayamonte (Huelva) tiene una estatua dedicada a La mujer del marinero. “No conozco el caso de ningun marido que tenga un monumento”, dice Domínguez con sorna y pone el acento en la perpetuación de los estereotipos. “La mayoría de las calles que llevan nombres femeninos rinden tributo a alegorías, monjas y vírgenes. Eso no puede servir de inspiración a las jóvenes. Necesitan que haya más avenidas de Clara Campoamor para que tengan como modelo a mujeres reales que abrieron brecha”, apunta.

Existen pocas publicaciones sobre la ciudad y la arquitectura hecha desde una perspectiva igualitaria. “La altura del ojo del observador marca el punto de fuga, el centro de la visión: pero ni el lenguaje ni el ojo son capaces de superponer fácilmente perspectivas contrarias, porque la imagen se deforma y los paisajes devienen en figuras imposibles. De ahí el riesgo  y la tentación de adoptar perspectivas canónicas como si fuesen válidad para todos. (…) Para equilibrar perspectivas, no basta con que las mujeres -y otros grupos sociales tradicionalmente excluidos- razonen y transfieran sus experiencias sobre sí mismos, sino que han de hacerlo sobre el conjunto de la sociedad”, concluye María-Ángeles Durán. La profesora del CSIC toma como referente al filósofo Jacques Derrida, quien afirma que no se construye desde fuera, sino desde dentro, tomando prestado de las viejas estructuras los recursos de subversión.

“Hay mucha confusión  con esto del urbanismo de género, no se trata, como muchos creen, de poner más flores y farolas en las aceras, ¡ni que me vieran cara de jardinera!”, exclama Carmen Cid, una de las arquitectas del ayuntamiento coruñés que se encargaron de reurbanizar en 2008 un barrio rural de la ciudad, Eirís de Abaixo. Fue un proyecto pionero en España, participativo y con sensibilidad hacia el género. Marta Carrasco, arquitecta del colectivo Mixité señala cual es la esencia de esta nueva forma de pensar las ciudades: “Proyectar un urbanismo inclusivo significa tener en cuenta una serie de actividades cotidianas -que de momento, mayoritariamente desarrollan las mujeres- y, a partir del diseño, intentar encontrar las bases que permitan facilitar al máximo estas tareas a todos”.

Isabela Velázquez, arquitecta y consultora en urbanismo de la red Gea21, es una profesional de referencia en proyectos sostenibles. Ha desarrollado iniciativas novedosas como el diseño de un parque en Lorca con los criterios de las vecinas de esta localidad murciana. “Reclamaban un espacio sin separación de usos, que sirviese para recobrar la identidad de las mujeres del municipio que han sido un referente para el resto. La idea era renombrar la loma y erigirles un monumento”, recuerda Velázquez. El proyecto, sin embargo, se vio truncado por un cambio en la alcaldía y sigue pendiente de ser ejecutado, con las zancadillas que le deja los muchos gastos que ha generado el terremoto de mayo, pero la urbanista es optimista: “La ventaja que tenemos es que el urbanismo está en crisis y admite modificaciones. El crack del 29 sirvió para que los colectivos de mujeres volvieran a tomar protagonismo a la hora de domesticar las ciudades y es probable que vuelva a suceder lo mismo”. “En esta vida, todo es cíclico”, concluye.

Fuente: http://blogs.elpais.com/mujeres/2011/11/la-ciudad-prohibida.html

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