Difícil democracia sin líderes

Los expertos dudan de la viabilidad de un sistema político en el que cada decisión tenga que ser refrendada por la asamblea

lideres

27 JUN 2011

El 15-M puso de relevancia la crisis de representatividad del sistema democrático pero ha acabado adoptando sus estructuras. A pesar de las deficiencias actuales, es necesario un cierto orden y también liderazgo.

A ellos les cuesta aceptarlo, pero en más de una de las asambleas de la acampada de Sol reprodujeron los mismos esquemas que cuestionaban. Por ejemplo, cuando las comisiones se reunieron para planificar la manera de adelgazar el campamento y evitar así el desalojo y votarlo en la asamblea agitando las manos en alto. Una indignada de unos 45 años interrumpió una de esas discusiones con quejas sobre problemas de convivencia en la plaza hasta que otra compañera la reprendió: “Ciñámonos a lo que estamos debatiendo y, por favor, que hable un representante de cada comisión”. Esta llamada al orden recordaba poderosamente a las del presidente del Congreso, José Bono, en las sesiones plenarias, a pesar de que se trataba de una institución frente a la cual se manifestarían semanas más tarde.

“Los indignados ven que el emperador está desnudo”, dice un politólogo

La ciudadanía podría votar en el Congreso con un mensaje de móvil

El movimiento rota a sus portavoces para evitar que el 15-M tenga rostro

Las comisiones ceden su poder a las asambleas de barrio

“No podemos discutir millones de españoles en una plaza”, opina un sociólogo

Hay precedentes aislados de democracia directa en Brasil y Suiza

“Los indignados han gritado: ‘¡El emperador está desnudo!’, y como en el cuento de Andersen, el pueblo ha salido de su mutismo para denunciar que los escaños solo se llenan para evidenciar la incapacidad de las instituciones en la regulación del conflicto social”, declara Juan Carlos Monedero, politólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. El experto Anthony Downs amplia este concepto en su obra La teoría económica de la democracia, donde expone que el sistema parlamentario se ha convertido en un gran mercado en el que los votos se han convertido en mercancía y los partidos en marcas que se publicitan con campañas vacías durante las elecciones. La crítica al 15-M aparece cuando el movimiento también imprime su sello en las voces y los rostros de los portavoces, ya que queda patente que están repitiendo el modelo que denostan.

Antonio López, catedrático de Trabajo Social en la UNED, opina que es imposible escapar a la representatividad como modelo organizativo: “Si nos fuésemos a una isla desierta pronto se reproducirían los mismos procesos de estratificación que se dan en nuestra sociedad, con unos grupos de exclusión y otros de liderazgo”. López entiende que la acampada de Sol tuvo el mismo comportamiento: “El movimiento encontró asiento allí y comenzó a organizarse como sociedad a través de la división del trabajo en comisiones. Esto generó una profesionalización de los más implicados, que han colocado su mensaje en la agenda pública y se han convertido en las caras del 15-M”.

Este catedrático apuesta porque muchos portavoces podrían convertirse a largo plazo en los candidatos de un nuevo partido o pasar a ingresar en las listas de alguno ya existente, alejándose de las bases del movimiento. López lo contempla como la única posibilidad: “No hay una democracia real más allá de la formal, porque no existe otra forma de organizarse. El sueño de una democracia anárquica, sin intermediarios, no es realizable”.

Jon Aguirre Such, miembro de Democracia Real, no está de acuerdo con esto y pone todas sus esperanzas en la Red: “Internet ha llegado a los móviles y ya se pueden realizar trámites administrativos en línea. No faltan canales ni herramientas, lo que necesitamos es voluntad política, porque ya hay empresas como Paisaje Transversal que están trabajando en un software para promover la participación ciudadana. Sería tan fácil como que el Congreso enviase por mensaje de texto las resoluciones que se van a votar y que los ciudadanos respondiéramos con un sí o un no inmediato”.

Pablo Oñate, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Valencia, se muestra escéptico ante este tipo de propuestas y mantiene que la democracia directa solo es posible en eslóganes imaginativos: “Ni siquiera la Red escapa a la articulación de los mecanismos de control y vigilancia. La prueba es que también hay delitos cibernéticos y se ha legislado al respecto”. Oñate añade que una democracia regida por referendos constantes no sería mejor que la que tenemos: “Es muy fácil manipular a la población en las consultas populares. La oposición juega a desgastar al Gobierno y el Ejecutivo solo convoca a los ciudadanos cuando tiene claro que la votación va a favorecer sus intereses. Así se lavan las manos en caso de que la decisión sea conflictiva y aumentan su popularidad”.

Ignacio Urquizu, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid, se une a esta corriente crítica: “Una democracia real es posible, pero no podemos lograrla los 35 millones de españoles discutiendo en una plaza. Las asambleas tampoco son la mejor alternativa al parlamentarismo. El único secreto para que una propuesta triunfe es tener poder de convicción y tiempo para agotar al contrario”.

Algunos portavoces del movimiento que ya han dejado su cargo están cansados del juicio de los teóricos. Tomás Muñoz es uno de ellos. “Me niego a aceptar una democracia que no sea la directa, exijo un modelo en el que nadie tenga que delegar su capacidad de decisión”, reclama a título personal.

“Eso no significa que estemos en contra del sistema parlamentario. Pero queremos mejorarlo. Somos una ciudadanía de alta intensidad que denuncia el mal funcionamiento de las instituciones para que beneficien a la sociedad, no a los mercados”, especifica, y para demostrarlo, cita las reivindicaciones del 15-M: “Estamos pidiendo que se reforme la ley electoral para que cada voto de cada ciudadano cuente igual, sin importar dónde viva y a quién vote. Exigimos también una mayor transparencia en la financiación de partidos, un sistema de listas abiertas para el Congreso de los Diputados, así como una ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública que obligue la Administración a hacer públicos todos sus documentos, de forma que cualquier ciudadano pueda acceder a los contratos, las adjudicaciones, los datos y las cuentas de cualquier institución pública”.

El único punto en el que coinciden los politólogos y este antiguo portavoz es que si el movimiento se institucionalizase, fracasaría. “Lo bonito del 15-M es que está externalizando el malestar de la gente y para el juego reglado ya están los partidos”, recuerda Urquizu, de la Complutense. En la misma línea está su compañero Juan Carlos Monedero: “La ignorancia de los indignados es su sabiduría. No conocen el viejo argumentario y por eso no han necesitado olvidarlo. Eso ha favorecido que rompan las rutinas de la democracia representativa, en la que a nadie parece importarle que cada vez menos gente acuda a las urnas. El porcentaje de abstenciones es tan alto que cualquiera diría que las cosas marchan bien y no hace falta votar para que se produzca un vuelco electoral”.

Jaime Pastor, profesor de Ciencias Políticas en la UNED, duda de que al movimiento le falte formación política. “Hay que conocer muy bien el sistema para atacar directamente a sus bases”, remarca. Pastor elogia la concienzuda organización del 15-M que, en su opinión, cuenta con los mecanismos suficientes para no institucionalizarse: “El movimiento está entrando en una nueva fase en la que las comisiones tendrán que reconvertirse y la representación pasará a ser territorial”. Otra de las garantías que observa el profesor de la UNED es el sistema de rotación que han implementado para impedir que un grupo se asiente en el poder.

Tomás Muñoz, Juan Cobos, Pablo Gómez y Lucía Delgado son algunos de los que abandonaron su puesto el pasado 19-J. “Es contraproducente que se mantenga siempre a los mismos compañeros como portavoces, porque la ciudadanía identifica a la plataforma con esas personas. No queremos que se perpetúe un esquema disfuncional en el que la realidad se construye parcialmente mediante las declaraciones de voces autorizadas”, explica el equipo de comunicación de Democracia Real.

La exportavoz Lucía Delgado cuenta que los turnos de representación solo se establecen cuando tienen prevista una acción que pueda llamar la atención de la prensa y ahora mismo no hay nadie que desempeñe esa labor. “No hay por qué desconfiar de los movimientos sin caras. Democracia Real es una plataforma donde la voz de cada uno de sus integrantes tiene el mismo peso que todas las demás y los portavoces solo son transmisores del pensamiento crítico que se expande en todas las direcciones por las redes sociales”, indican en el departamento de comunicación.

Pastor, el experto de la UNED, cree que los indignados han sabido evolucionar en los procesos deliberativos, lo que le parece un síntoma de maduración del movimiento: “Algunas asambleas terminaron haciéndose interminables porque se debatía en un bucle eterno sin alcanzar un consenso total. Al final decidieron reformular su sistema de toma de decisones y evitaron el bloqueo devolviendo las propuestas a las comisiones, que relaboraban la moción para volver a presentarla ante el pueblo”.

Algo parecido, al fin y al cabo, al mecanismo que rige la aprobación habitual de las leyes en las Cortes.

Aún así, Joan Subirats, catedrático de Ciencias Políticas de la Universitat Autonoma de Barcelona, no tiene fe en que el modelo de los indignados funcione: “No hay precedentes históricos, a excepción de un cantón en Suiza y en Porto Alegre (Brasil), donde los ciudadanos votan sus presupuestos participativos una vez al año. Son comunidades pequeñas, pero parece improbable que la autoorganización pueda funcionar a gran escala”.

Este catedrático solo ve un camino de cambio posible a corto plazo: el que marca Pierre Rosanvallon en La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza. El politólogo francés afirma que la vida democrática depende cada vez menos de las elecciones y más de la presión ciudadana.

“El buen ciudadano no es solo quien vota de vez en cuando, sino también quien vigila permanentemente e interpela a los poderes, los critica y los juzga como expresión de las expectativas y decepciones de la sociedad”, defendía el autor en anticipación del 15-M.

¿Actúan los políticos como marionetas manejadas por los ‘lobbies’?

La crisis de representatividad tiene un origen definido: la perversión de la figura del político profesional. Esa es la tesis del politólogo Jaime Pastor: “Los políticos se han olvidado de cumplir con los requisitos mínimos de la democracia y ya no acuden a las sesiones plenarias, tienen condiciones salariales muy superiores a la media, no consultan a los ciudadanos y están sometidos a una disciplina de partido que empobrece el debate”.

El profesor de la UNED alerta de que esta tendencia contribuye a que se establezca una relación “peligrosamente cercana” entre representantes del pueblo y los grupos económicos de poder, fundiéndolos en un mismo lobby. “¿Quién iba a renunciar a esa cuota de poder?”, se pregunta Pastor. En su opinión, la falta de voluntad política es la razón de que no se instaure un modelo diferente.

La senadora Matilde Fernández recoge el guante y se defiende: “Yo también estoy indignada con la falta de mecanismos de control y si yo, que tengo mi vida asentada, encuentro motivos para estar descontenta, imagino las razones de quienes están empezando, pero me parece injusto que clamen por una democracia real. La nuestra ya lo es”. Fernández no cree que sea imposible alcanzar la democracia comunitaria y recomienda a la ciudadanía que no olvide los méritos del sistema parlamentario, “que tanto trabajo costó”.

La ex ministra socialista Cristina Narbona no está segura de hasta dónde puede llegar el movimiento, pero se muestra preocupada por el distanciamiento entre representantes y representados: “Todos los políticos tenemos la obligación de escuchar lo que los ciudadanos digan, sobre todo cuando el deterioro de nuestro Estado de bienestar es tan evidente”. Después de entonar el mea culpa, aprovecha para pasar la factura al PP: “No puedo entender que no les importen las protestas del 15-M, que les señalan directamente por temas como la corrupción”.

La diputada popular Celia Villalobos le responde, perpetuando el cruce de acusaciones: “Cada vez que gobierna el PSOE se genera un movimiento de malestar social. Esto es lo mismo que sucedió durante el mandato de Felipe González, pero aplicado a las nuevas tecnologías”.

Fuente: http://elpais.com/diario/2011/06/27/sociedad/1309125601_850215.html

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